Raúl Gómez, veterano de Malvinas: «No se puede comparar una guerra con un partido de fútbol»

Raúl Gómez, veterano de la guerra de Malvinas e integrante del Centro de Ex Soldados Combatientes, habló en el programa La Barra de Casal sobre el partido entre Argentina e Inglaterra por la semifinal del Mundial y compartió su historia como combatiente en 1982.

Consultado sobre si el cruce entre Argentina e Inglaterra tiene una carga especial por Malvinas, Gómez fue claro: no se puede comparar una guerra con un partido de fútbol, aunque reconoció que el «inconsciente colectivo» le pone esa connotación. Recordó que algo similar ocurrió en 1982, cuando en la sociedad argentina se vivía el conflicto casi como un marcador deportivo —derribos de aviones y buques contados como goles—, sin dimensionar que detrás de cada cifra había vidas humanas. Para Gómez, un partido de fútbol no puede sanar el dolor de las madres que perdieron a sus hijos en la guerra, y remarcó que él y la mayoría de sus compañeros no viven el partido como una revancha, sino como cualquier otro cruce deportivo en el que se quiere ganar.

Gómez sostuvo que las Malvinas son argentinas por geografía, historia y derecho, y que las mismas deben ser restituidas, pero remarcó que un jugador de fútbol inglés no es «el enemigo» en tiempos de paz, y que equiparar ambas cosas implica, de algún modo, minimizar el conflicto bélico. Mencionó también el fenómeno de la canción «Muchachos» durante el Mundial anterior, que generó que chicos de apenas cinco o nueve años se interesaran por la causa Malvinas, algo que valoró positivamente. Para el veterano, el fútbol tiene la capacidad de unir a los argentinos —incluso a rivales de distintos clubes o provincias— más allá de que, insistió, esa unión no puede equipararse a la experiencia de una guerra.

Su experiencia en la guerra de Malvinas, la vuelta y una reinserción social muy dura

Gómez tenía 18 años y cumplía el servicio militar obligatorio cuando, sin acceso a radio ni televisión, se enteró de la recuperación de las islas. Contó que combatió en el aeropuerto de Puerto Argentino, un punto estratégico que las fuerzas británicas buscaban ocupar, y que allí, el 1° de mayo, murió un compañero suyo, el primer caído de la Fuerza Aérea en el conflicto. Relató además las circunstancias de su traslado: la falta de información previa, la imposibilidad de despedirse de su familia, un vuelo hacia las islas que debió desviarse por un desperfecto técnico, y los tres días como prisionero tras la rendición, sin certezas sobre lo que ocurriría con su vida. Sobre el regreso, Gómez fue muy directo: «el pibe de 18 que se fue no volvió más». Describió una reinserción social sumamente difícil, marcada por la indiferencia y la estigmatización —recordó haber sido llamado «loco de la guerra» o «facho de la guerra»—, un rechazo que, según sus palabras, dolió más que la propia guerra. Contó que, lamentablemente, algunos de sus compañeros terminaron quitándose la vida al no contar con contención psicológica ni con el reconocimiento social que merecían.